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miércoles, 5 de abril de 2017

Cataluña y Gibraltar

Mi artículo de hoy en elMón.cat sobre el último esperpento de Gibraltar en la política española. El asunto está tan sobado ya y es tan conocido que no basta con agitarlo y hay que sacar alguna otra cuestión, como las coca-colas de Espinar en el Senado para tratar de desviar la atención de la dimisión (mal y tardíamente) del presunto delincuente del PP, Pedro Antonio Sánchez, presidente de Murcia.

Digo que el asunto está más que visto porque, mientras la voluntad de los llanitos siga siendo ser súbditos británicos en un 95%, España no tiene nada que hacer. Solo le quedan dos vías: imponer su soberanía sobre el Peñón por la fuerza de las armas o convencer a los llanitos de que prefieran ser españoles a ingleses. Lo primero es, de momento, imposible e improbable en los próximos cien o doscientos años. Lo segundo es todavía más difícil cuando, si esa misma pregunta en referéndum se hiciera en España, muchos españoles no llanitos también preferirían ser ingleses.

Aquí el texto en castellano:

Cataluña y Gibraltar

La repentina reaparición del contencioso de Gibraltar en el escenario del Brexit ha provocado una pequeña crisis internacional con batir de tambores guerreros en el viejo continente. En la confusión de las condiciones de negociación de la salida de los británicos, estos, extrañamente, han olvidado precisar la situación del Peñón. Planteado el problema, la UE hace suya la posición de la ONU respecto a la necesidad de descolonización de Gibraltar, incluido en la lista de territorios que no tienen autogobierno y la señora Merkel remacha recordando la doctrina de la integridad territorial de los Estados. De este modo, la UE advierte al Reino Unido de que cualquier cambio en la roca tendrá que darse con el acuerdo común con España.

Esta conclusión consagra una situación de co-soberanía de hecho que los británicos no habían previsto y no parecen dispuestos a aceptar sin más. Sorprendidos en su descuido, muchos se han lanzado a una campaña de ultrnacionalismo belicoso, amenazando con ir a la guerra por el Peñón y recordando el episodio de las Malvinas, hace 35 años. Por primera vez en este contencioso secular parece que han sido los ingleses los adelantados de la fanfarronería y el patriotismo de hojalata que habitualmente se atribuye a los españoles. Hasta tal punto que, a diferencia de la “Dama de hierro”, Thatcher, la actual primera ministra, May, trata de apaciguar los ánimos.

Asimismo, algunas otras voces, menos truculentas pero quizá más expeditivas políticamente, prefieren ir por otra vía y sostienen que, de perseverar España en su pretensión de retrocesión de la Roca, Gran Bretaña debe apoyar en la ONU la independencia de Cataluña. La casualidad y las complicaciones de la diplomacia juegan de nuevo a favor de una finalidad del independentismo catalán: internacionalizar el problema para tratar de obtener la independencia por implicación de la comunidad internacional. Y, desde luego, sería una gran baza contar con el apoyo de una potencia del Consejo de Seguridad para plantear la cuestión catalana en la ONU.

Como en una ironía de la historia, los destinos de Cataluña y Gibraltar vuelven a cruzarse como en los tiempos del Tratado de Utrecht en 1713 cuando Gibraltar fue parte del precio que Felipe V hubo de pagar para conseguir que la Gran Bretaña abandonara la defensa de Cataluña y permitiera que los Borbones abolieran sus libertades, como habían hecho con Valencia y las Baleares. A los efectos de la propaganda y la notoriedad internacionales, este paralelo parece conveniente, pero poco realista porque, aparte de las dificultades intrínsecas de plantear el contencioso en el campo de la descolonización, en donde la ONU no lo considera, los independentistas catalanes no deben depositar muchas esperanzas en que esta vez Gran Bretaña no vaya a abandonarlos.

Sean cuales sean las dificultades europeas, el peso diplomático de Gran Bretaña en la Unión, aunque esté fuera, es superior al de España aunque esté dentro. Además, y ello es determinante, el caso de Gibraltar no ofrece lugar a muchas dudas si se consideran dos factores encadenados. En primer lugar, el estatus de colonia es desmentido por el texto literal del citado Tratado en el que el Rey Católico español otorga a Inglaterra la propiedad de Gibraltar “absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”, con la sola reserva de que, cuando “le pareciere conveniente dar, vender o enajenar, de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar”, conceda a España “la primera acción antes que a otros para redimirla”. Dicho lo cual, hay poco más que hablar. Gran Bretaña posee legítimamente Gibraltar, a perpetuidad, si quiere, al menos mientras se reconozca la validez del Tratado de Utrecht.

¿Que será preciso adaptarse a las nuevas circunstancias geopolíticas de la UE y tomar en consideración el criterio comunitario de la soberanía compartida? Muy probablemente, pero esta actitud viene compensada con el segundo factor mencionado y tan sobrevenido desde Utrecht hasta hoy como el cambio de Europa y es el respeto al derecho de autodeterminación de los pueblos. Este segundo factor muestra la fortaleza de la posición inglesa en el contencioso. Dos referéndums se han realizado en Gibraltar sobre la retrocesión a España y en ambos más del 95% de la población ha sido partidario de conservar la ciudadanía británica y rechazar la española.

Los dos datos señalan los extremos del problema: Inglaterra no para barras en el principio de integridad territorial de los Estados (cuya aplicación a España es dudosa, cuenta habida de los enclaves de Ceuta y Melilla) y se aferra al derecho de autodeterminación de la población concernida. España. Por el contrario, sostiene el principio de la integridad territorial y no respeta el de la libre autodeterminación de los pueblos. No es difícil comprender que la posición española es perdedora de acuerdo con las convicciones contemporáneas.

Al independentismo catalán le favorece el eco internacional del contencioso por la visibilidad que otorga a su reivindicación emancipadora. Pero su fuerza no reside en las distintas interpretaciones de antiguos tratados, sino en la recta aplicación de un principio universalmente reconocido a partir del siglo XX: el del derecho de autodeterminación de los pueblos.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

La diplomacia del ausente.


Mariano Rajoy recibe al presidente del Estado Plurinacional de Bolivia. "Estado plurinacional" es el nombre oficial de Bolivia. "De qué me sonará a mí eso?" pensaba Rajoy mientras hablaba con el mestizo Morales quien, a diferencia de él, habla más de una lengua, por ejemplo, el aymará, la lengua de su pueblo. "¡Un Estado plurinacional! Qué cosas se inventan por ahí. Aquí a lo nuestro: un Estado y una sola nación, pues España es una, así como grande y libre. ¡Pues no somos nada los españoles cuando nos ponemos!"

Ya está. Prueba de la diplomacia española y su amor de Madre Patria por las naciones hermanas. Y menos mal que tragó con lo de hermanas. La Hispanidad bien entendida las quiere hijas. Diplomacia. Este ministro de Exteriores, muy farruco en La Línea, pero manso como cordero en Londres, es una auténtica calamidad. Dice García Margallo que la amistad debe prevalecer en las relaciones de los dos países, España e Inglaterra. Nadie le ha traducido la famosa intervención de Lord Palmerston en los Comunes, en 1848: We have no eternal allies, and we have no perpetual enemies. Our interests are eternal and perpetual, and those interests it is our duty to follow, que la tradición ha estilizado en un Inglaterra no tiene amigos o enemigos; tiene intereses. Pues que se lo digan al ministro. Si es que este hombre entiende algo.

Evo Morales, generoso, vino diciendo que no guardaba rencor por el intento de humillación a que quiso someterlo la embajada española en Viena al pretender inspeccionar su avión como si fuera un contrabandista de personas. ¿Y con qué le responde el Estado español? Con un insulto aun mayor. Al final de la cordialísima entrevista y azucarados parabienes no hubo rueda de prensa conjunta, algo que todo visitante de La Moncloa por encima de alcalde pedáneo tiene garantizado por uso, costumbre y respeto. Menos el indígena Morales. Margallo debe montar una academia de diplomacia... colonial.

¡Calla! En realidad, el pobre Margallo no pinta aquí nada. De hecho en la distendida charleta está Moragas. Es Rajoy quien no quiere rueda de prensa alguna con Morales o con Inmorales. Su pánico escénico crece por horas. Odia presentarse en público en condiciones que no controla por medio del plasma. A ver si algún deslenguado va a preguntarle por los sobresueldos, el finiquito, el otro finiquito, la financiación ilegal, la imputación a Camps, el que estaba haciendo en Valencia lo que él quería para España.

Así que para salvar la cara, Rajoy la esconde. Oculta hasta la presencia de un lider de importancia y, con eso, le falta al respeto por segunda vez. Y que se ande con ojo,no vaya a salir el Borbón a mandarlo callar.
 
Las vísperas catalanas. El día fue de Exteriores. El diputado Tardá, de ERC, regaló a Margallo en la comisión de Exteriores del Congreso una camiseta de la Vía catalana a la independencia. Tardá que, como buen izquierdista, fía mucho a los números, le recordó que se la pondrían cerca de 500.000 catalanes en la Diada. La verdad, no había visto la camiseta y lo primero que me llamó la atención es el color amarillo. Es una curiosa asociación de ideas: el maillot amarillo del triunfador en la vuelta ciclista a Francia. Cuatrocientos kilómetros a pie en cadena humana es una hazaña similar y de ahí, de la conciencia del triunfo, viene el amarillo.

El día en que un ministro español de Exteriores, enfundado en una camiseta rojigualda, se dé un paseo por el Peñón al frente de 500.000 seguidores, a lo mejor Margallo se sale con la suya.

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

jueves, 17 de mayo de 2012

Reina por un día.


El nuevo conflicto que está gestándose a cuenta de Gibraltar, con las resonancias de patriotismo huero que este empeño genera es un disparate por partida doble. Lo es, por un lado, en sí mismo. El problema de Gibraltar solo tiene solución diplomática. Cualquier otra vía la aleja, pues da razones a los adversarios de la diplomática que anidan todos en la trinchera del enemigo. La situación de afrenta de la escala en Gibraltar de algún miembro de la familia real en viaje a otra parte, ha venido resolviéndose siempre con una protesta formal del gobierno español que el británico ignora y ahí se acaba el asunto. Llevarlo más lejos, retener a la Reina en España como medida de represalia, aparte de no ser caballeresco, puede resultar contraproducente. Y, si se entrevera este conflicto de negra honrilla con otro material sobre los derechos de pesca de la flota, la cosa toma mal cariz para un país que, obviamente, no puede imponer su criterio mediante el recurso a la razón última de la política.
La segunda razón del disparate es que poniéndose vindicativos los españoles puedan dar una imagen más deplorable. Si, por ejemplo, se cayera en la tentación de montar una noticia con la reconquista del sagrado Peñón con el fin de desviar el interés de la audiencia por la pavorosa situación de caja, el asunto acabaría como acabó el de Las Malvinas con la Argentina y probablemente mucho antes porque un enfrentamiento naval entre España e Inglaterra es inimaginable.
La situación es tanto más pintoresca cuanto que nuestro embajador en Londres, Federico Trillo, está pendiente del placet. Tratándose de Trillo, brazo justiciero frente a los infieles de Perejil, cabría temer que, encendido con su natural fogoso, la emprendiera a mandobles con los anglicanos y los protestantes, al fin y al cabo tan infieles como la morisma pero más pérfidos y él solo protagonizara la hazaña de la devolución de la sagrada Roca al seno de la Patria, como un nuevo Gran Capitán que entregara un reino a su Señor.
Pero Trillo es también profundo conocedor de Shakespeare y sabe que es el poder el que decide todo, qué sea la verdad y la mentira, el bien y el mal, el Peñón y el no Peñón. Así que lo más probable será que inicie una labor diplomática en Whitehall explicando en el Foreign Office que sus colegas españoles, ya se sabe, son temperamentales y no les gusta esperar trescientos años a que se les resuelva un problema. Cuando lo lógico es esperar otros trescientos, como Jacob tuvo que pasar fatigas otros siete años para conseguir a la mujer que quería. Y a continuación, reconfortado por el estudio de la Biblia, presente sus cartas credenciales.
Por fortuna lo más probable será que Isabel II no se dará por enterada del desplante de la Reina Sofía quien, probablemente ya se habrá disculpado por vía privada invocando la raison d'État. No dudo de que el ministro sea un magnífico profesional, aunque me parece un poco sanguíneo y proclive al impromptu que es vicio en un diplomático. Pero el conjunto del servicio que, sin duda, es excelente, no resiste comparación con el británico que, además, dispone de aquello de lo que el español carece, el poder militar, pues no hay diplomacia seria en el mundo que no vaya respaldada por la posibilidad verosímil y creíble del recurso a la fuerza.
España tiene muchos puntos vulnerables en su política exterior sin necesidad de que venga el ministerio a fabricar otro. Porque, si no estoy equivocado en mis cálculos y Trillo a pesar de todo presenta sus cartas credenciales, Isabel II está en una posición inmejorable para devolver la bofetada a España negando el placet. Es más, ni siquiera sería necesario hacerlo; bastaría con filtrar la posibilidad.
(La imagen es una foto del gobierno de los Estados Unidos en el dominio público).

jueves, 14 de abril de 2011

¡Viva la República!

80º aniversario de la proclamación del último régimen de libertad y soberanía popular que ha habido en España desde la efímera Iª República de 1873. Dejo la cuestión de si cuenta o no la Monarquía parlamentaria actual que dice también haber devuelto la soberanía al pueblo. Sea lo que sea lo de hoy, la IIª República fue un estallido de emancipación popular en un sentido muy profundo. Podía haber traído aquí alguna otra foto pero creo que ésta de las misiones pedagógicas es muy ilustrativa. Misiones es término de uso religioso. Los españoles seguían siendo mitad monjes pero no ya también mitad soldados sino maestros. Tal fue la IIª República. La República de los maestros. Y su efecto es el de la maravilla que reflejan esos rostros campesinos, curtidos que acceden a lo que ni habían podido intuir en los años de la monarquía de estúpidos parásitos que, por no saber, ni sabían hacer aquello para lo que se preparaban: la guerra. La única guerra que el ejército español ha ganado en serio, de modo definitivo y total, ha sido contra su propio pueblo y necesitó la ayuda de alemanes, italianos y moros. A las clases que nutrían y mandaban ese ejército les producía ira ver los rostros de la foto de la derecha. Eso era lo que les sacaba de quicio y lo que las empujó a dar un golpe de Estado con una guerra de tres años y una postguerra de treinta y cinco. Con el ejército empezó la cosa y con el ejército terminó. Casi nadie recuerda que, en buena medida, la proclamación de la República viene precedida del fusilamiento de los capitanes Galán y García Hernández en diciembre de 1930 por haberse sublevado en Jaca en favor de la República. Militares republicanos, por cierto, de los que había muchos pero no suficientes.

Así que aquel régimen, que se basaba en la soberanía popular, sucumbió al asalto militar de la derecha nacionalcatólica que estableció una dictadura genocida. Pero después vino la transición y la transición devolvió la soberanía al pueblo. Mas esto no es estrictamente cierto. La IIª República surgió como un acto del Poder Constituyente que es siempre originario y muchas veces revolucionario. La Monarquía parlamentaria emanada de la transición no es el producto de un Poder Constituyente soberano y originario sino de un poder constituido dentro de un marco más amplio que son las instituciones del 18 de julio, empezando por la propia Corona. La Comisión constitucional que ni siquiera se llamó constituyente por miedo tenía territorios vedados, el más señalado el de la Monarquía. Ésta en la persona de Juan Carlos no era producto de la legitimidad dinástica, puesto que su padre tenía mejor derecho, ni de la popular pues nadie la había votado en referéndum. Su legitimidad era, y sigue siendo, la del nombramiento de Franco.

El pueblo es ahora soberano, se dice, puesto que la Constitución prevé la posibilidad de un cambio en la forma de gobierno de la Monaquía por la República. Con muchas dificultades pero la prevé. Lo que sucede es que, a su vez, hay una especie de acuerdo fundamental entre los dos partidos mayoritarios en el sentido de que la Monarquía no se toca. Como eso no se puede decir en público, cada vez que alguien plantea la necesidad de acabar con el franquismo definitivamente sometiendo la forma de gobierno a referéndum se dice que no es el momento, que no es oportuno. Y eso que pedir un referéndum ya es hacer concesiones dado que la única forma de gobierno totalmente legítima en España al día de hoy es la República, que perdió la guerra pero no el mandato popular.

Así que, efectivamente, los republicanos somos unos plastas que llevamos setenta años pidiendo que nos devuelvan lo que nos arrebataron manu militari, nuestra República, sea o no sea el momento o la conveniencia. Hay quien, aparentemente ingenioso, amenaza con la pesadilla de un República presidida por Aznar. La mayoría de los no momentáneos dice que la Monarquía se ha legitimado por la intervención del Rey en contra de la intentona del 23-F que viene a ser algo así como el razonamiento de los comerciantes de Chicago que pagaban por conseguir la protección de quienes les destruirían los establecimientos si no pagaban. Es un argumento de conveniencia.

Tiene gracia ese discipulaje que profesaba el primer Zapatero en relación con el teórico político Philip Pettit y su teoría del republicanismo cívico, que es compatible con la Monarquía. En el fondo bien puede ser un asunto de palabras y que Pettit tenga razón en que lo importante es lo cívico, el ser ciudadanos y no súbditos. Hoy los reyes no tienen súbditos. Y ¿sobre quién reinan entonces? Claro, reinar o no reinar es tambien cosa de palabras. Pero, si es cosa de palabras, ¿por qué no cambiar unas por otras, súbdito por ciudadano y rey por presidente de la República?

No se trata de mirar la conveniencia ni de envolverlo todo en malabarismos semánticos sino de valores y principios. Por eso seguiremos pidiéndola. Yo, de momento, voy a hacerlo en Arenas de San Pedro.

sábado, 18 de julio de 2009

Tierra amada de todo español.

Por primera vez en la historia un gobernante español, el ministro de Asuntos Exteriores (AAEE), señor Moratinos, se dispone a visitar Gibraltar, con gran disgusto de los sectores más reciamente hispanos y derechistas, que no quieren que se produzca ese hecho por considerar que debilita la posición de España en el contencioso con Gran Bretaña sobre la soberanía del peñón.

Pero ¿qué se va a esperar de los rompeespañas, de los enemigos de la Patria sino el intento de asesinarla de consuno con la pérfida Albión?

Y la verdad es que algo de cierto hay en eso de la "pérfida Albión", sin que esta observación presuponga que uno condona el nacionalismo español más carpetovetónico. Veamos: igual que el Gobierno español (éste y todos antes que él) pide siempre la soberanía sobre el Peñón, lo mismo hizo en su día el Gobierno chino respecto a Hong Kong, exigiendo una retrocesión a su soberanía de la próspera colonia inglesa.

En el caso de Gibraltar, el Reino Unido afirmaba no estar en contra de la descolonización del Peñón, pero exigía que se consultara previamente a la población en un ejercicio del derecho de autodeterminación, procedimiento generoso, izquierdista, demócrata, a quien nadie podía obstaculizar por su carácter progresista. El gobierno español, sin embargo, ganado de mano por la diplomacia inglesa no puede hacer gran cosa porque la población gibraltareña, los llanitos, prefiere seguir siendo inglesa antes que española .

En el caso de Hong Kong, a la inversa, el Reino Unido no hizo nada parecido por más que era evidente que los cuatro millones de hongkoneses deberían decir algo, tampoco querían someterse a la jurisdicción china y preferían seguir siendo ingleses, aunque fuera de segunda, antes que chinos. Sin embargo, Gran Bretaña no aplicó derecho alguno de autodeterminación sino que, llegado el momento, se limitó a devolver Hong Kong a la China sin más explicaciones que alguna lágrima derramada cuando en 1997 se arrió la Union Jack en una escena romántica de fin de glorias imperiales. Obviamente la diferencia entre Gibraltar y Hong Kong no está en las naturalezas de sus respectivas poblaciones sino en las relaciones de fuerza entre China y el Reino Unido por un lado y el Reino Unido y España por otro. Y no hace falta seguir.

Moraleja: el derecho de autodeterminación se aplica cuando y si conviene a la parte más fuerte de todo conflicto.