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miércoles, 14 de marzo de 2018

La República, como el camino, se hace andando, companys

Aquí mi artículo de hoy en elMón.cat, titulado Las instituciones y las conviciones. Sí, una paráfrasis de la dualidad de Francesco Alberoni, Movimiento e institución, con más sentido político y menos histórico. El resumen resumidísimo, azoriniano y gracianesco al tiempo del artículo es sencillo: las instituciones de la Monarquía española no aguantan el movimiento independentista. Le crujen las cuadernas y en cualquier momento se irá a pique con toda su tripulación de ratas diputadas con sus estratosféricos sueldos de seis, siete, ocho mil euros al mes (más canonjías, privilegios, subsidios, enchufes y regalos) en un país en el que muchos niños y viejos pasan hambre, los jóvenes no pueden siquiera emanciparse y una clase política de ladrones y sinvergüenzas parasita los recursos de todos, los roban y se los entregan a la banca. Y he dicho el movimiento independentista, el único capaz de hacerlo. Los demás, todos los demás, PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos) viven de un sistema corrupto que los ha alzado en donde están por su insuperable incompetencia y colaboran con él, unos porque son él mismo y otros porque no saben nada mejor que hacer. 

Ayer, la podrida nao de la monarquía borbónica (esa que entusiasma al "republicano" Pedro Sánchez), chocó con el escollo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que decidió que quemar la bandera del propio país no es delito y está amparado por la libertad de expresión. Eso ya lo había dicho en 1989 el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, en el caso Texas v. Johnson. La enmienda primera de la Constitución (free speech) entre otras cosas, protege el derecho de los ciudadanos estadounidenses a quemar la bandera nacional en público. 

En Estados Unidos. En 1989. Hace casi 30 años. Y en Europa, ayer.

Pero no importa: la gran nación española de Emepuntorajoy, Neoprimo de Rivera y el repunárquico Sánchez, prodigio de modernidad y libertades, sigue sosteniendo que insultar a esto, aquello, lo otro o lo de más allá que estos tres cantamañanas respetan es un delito. 

Así que en España sigue siendo delito decir lo que se piensa, como en tiempos de Quevedo y la Inquisición, con jueces siervos del poder despótico y políticos que, si no son ladrones o macarras, son franquistas, o las tres cosas a la vez.

En fin, aquí la versión castellana de la pieza. Y perdón por el desahogo. Espero se entienda que un país que encarcela a Valtonyc, Pablo Hasel, Junqueras, los Jordis, Forn, etc (todos presos políticos) y deja en libertad a Urdangarin, Rato, la Borbona, Albiol, Villalobos, Hernando, etc es basura. 


Las instituciones y las convicciones
                                                                                                              
Las instituciones tienen una dinámica; las convicciones, otra. La República Catalana carece de instituciones y se ve obligada a desarrollarse en el marco institucional del Estado. Por eso, parecida a la crisálida, no se mueve, no se agita, acepta las imposiciones institucionales del 155 y aplaza sus convocatorias, en tanto va adquiriendo los caracteres de la imago adulta a golpe de convicciones.

El independentismo, el movimiento del que surge esa república, cuyos representantes más eximios están en el exilio o en la cárcel, es el campo de las convicciones. Son estas las que están en juego frente a las instituciones del Estado. Por eso, al no poder ir este en contra de unas instituciones republicanas inexistentes, persigue las convicciones, las ideas. Por más que quiera disimularse, los presos independentistas son presos políticos porque son presos de conciencia.  

Pedir que acate la legalidad y la Constitución de un Estado alguien que cuestiona la base misma de legitimidad de esa Constitución, es pedir lo excusado si todo el mundo se atiene a su palabra. Se puede decir que si, en verdad, objetar a la legitimidad de una norma es cosa seria, no puede considerarse como un derecho y menos de una persona o grupo de personas. Ningún ordenamiento jurídico sobreviviría si los ciudadanos pudieran decidir libremente si obedecen o no a la ley, según sus convicciones.

Se recuerda entonces que el cuestionamiento de la legitimidad del orden constitucional no es una manía de una persona, un grupo o un partido (que podrían serlo) sino una reivindicación de millones de personas, en Catalunya, prácticamente la mitad de la población y una mayoría absoluta en el Parlamento. Por eso se ha dicho siempre que la cuestión no era judicial ni de orden público sino de naturaleza política y de crisis constitucional, siendo necesario resolverla por la vía de la negociación política.

No hay otra salida. Si la mayoría del Parlament rechaza los supuestos básicos institucionales sobre los cuales está constituido ese Parlament, todos sus actos serán contrarios a la legalidad vigente e impugnables por naturaleza. La mayoría del Parlament rechaza la legitimidad de las instituciones españolas porque la mayoría de la población hace lo mismo. Si los tribunales de esas instituciones piden a los dirigentes acatamiento a una Constitución que rechazan, habrán de pedírsela a todos los independentistas y, si encarcelan a aquellos por razón de sus convicciones, tendrán que encarcelar a todos los que las compartan.

Condenar unas convicciones no puede hacerse en nombre del derecho y de la justicia, sino en nombre de otras convicciones. ¿Cuáles? En este caso, las de los gobernantes, los jueces del Supremo y la mayoría de la oposición parlamentaria, esto es, las de una idea de España que todos estos han heredado del franquismo y consagrado legalmente. No son jueces. Son comisarios políticos a las órdenes del mando. Y comisarios muy poco duchos en sus tareas judiciales.

Si organizar un referéndum como el del 1-0 es un delito, votar en él es otro y, salvo negligencia culpable, los tribunales españoles tendrán que abrir una causa general contra el independentismo, como hizo Franco con los republicanos. El independentismo es un delito, como el arrianismo era una herejía. Ese es el nivel de las instituciones franquistas al que se oponen las convicciones de los independentistas catalanes que son independentistas, entre otras cosas, por respeto a la democracia.

Frente a la convicción democrática del independentismo se da el cerrado franquismo de las instituciones españolas que heredan –y ejercen- el espíritu de la dictadura, ayer gracias al alzamiento militar de unos delincuentes; hoy gracias al art- 155 impuesto por otro. En realidad, la única diferencia entre el franquismo del 18 de julio y el del 155 es que este último también está apoyado por un partido, el PSOE que, en tiempos de la dictadura, decía estar en la oposición.

No es fantasía, aunque pueda parecerlo. La respuesta de los partidos dinásticos del régimen (PP, C’s y PSOE) a la reciente sentencia del TEDH sobre la quema de retratos del rey deja claro el interés de estos por reconstruir el franquismo en toda su extensión. Y, de paso, deja claro que, agotada la vía del acatamiento a unas instituciones tiránicas, solo queda desarrollar las republicanas con la fuerza de las convicciones independentistas, basada n la democracia y el Estado de derecho frente a la dictadura del 155.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Duelos y quebrantos de lujo

Aquí mi artículo de hoy en elMón.cat

En días pasados Palinuro advertía de que los Borbones, generalmente poco leídos y este en concreto, que aun parece serlo menos, no conocen los Espejos de príncipes. Tampoco parecen conocer otras fuentes de información, como los periódicos, las televisiones o las redes y dan la impresión de contar con gabinetes de información y asesoría poblados por pollinos. ¿A quién se le ocurrió la idea de enviar al rey a Barcelona estando los ánimos como están? ¿Qué se pretendía? ¿Humillar, provocar más a los catalanes en medio de una revolución? Menuda metedura de pata por la que, como siempre, no dimitirá nadie (ni falta ya que hace) porque para gente tan obtusa la rebelión ciudadana de Barcelona contra el rey no ha existido. Como no existieron la consulta del 9N, el referéndum del 1-O, la declaración de independencia ni la reforma protestante. Además, si leen sus pasquines, miran sus televisiones o escuchan sus radios, sabrán que la inauguración del Mobile ha sido un éxito punteado por muestras populares de adhesión a la Corona y hasta una manifestación de españoles monárquicos que convocó una decena de personas.

Para el resto del planeta, la visita del Borbón ha sido un sondeo demográfico sobre el cerrado rechazo que la Monarquía despierta en Cataluña y que ahora, gracias a los corresponsales extranjeros, ya conoce todo el mundo.

La huida del Borbón a la noche en un lamentable pies para qué os quiero, dejó flotando en el aire barcelonés el himno de Riego y en las calles la realidad de una república imparable.

Aquí la versión castellana, que trata de eso:

El amargo día del Borbón

La visita de Felipe VI a Barcelona para la inauguración del Congreso de Móviles fue un visto y no visto. Pero sí muy oído. Durante todo el accidentado recorrido del Rey, la ciudad vivió en un tumulto de segundo plano, continuo, a veces visible, a veces invisible.  Nadie salió a recibirlo con vítores y palmas. Los recorridos reales transcurrieron por plazas y calles vacías, cortadas y desalojadas por la policía y los mossos d’esquadra que se emplearon a fondo en varia ocasiones, cargando contra la gente que estaba haciendo lo que suele hacer la gente: estorbar a los poderosos que quieren pasear por donde no los quieren. El centro de Barcelona parecía en estado de sitio.

Los efectos sonoros fueron constantes. Si no de vista, los barceloneses obligaron al Borbón a tragarse su presencia auditiva. Durante toda la jornada repiquetearon las cazuelas y sartenes, los pitos y matracas, se oyeron gritos contrarios a la Monarquía y favorables a la República, un sordo y encrespado rumor que llegaba hasta los salones y comedores en que trascurrieron los desagradables actos de la inauguración, como si fuera un cuadro de Umberto Boccioni, Llegan los ruidos de la ciudad. De una ciudad, de un país republicanos que quisieron hacer patente este sentimiento al rey de España, de visita ingrata al territorio en el que sus fuerzas del orden, habían dejado más de mil heridos unos meses antes por querer vivir en democracia. En una sola jornada, se ha visto que el Borbón es tan rey de Cataluña como lo es de Jerusalén, título que también ostenta con la misma eficacia aproximadamente.

El valor simbólico de este acto de desacato y rechazo masivo, generalizado, es inmenso. Es como un anuncio de un nuevo Delenda est Monarchia! orteguiano. El Rey se volvió por donde había venido, dejando tras de sí una docena más de heridos (tradición borbónica de entrar a saco en tierras catalanas) y un desprecio y rechazo colectivos en el que se aunaban las manifestaciones callejeras más ruidosas con los desplantes más gallardos de las autoridades barcelonesas y catalanas que se negaron a rendirle pleitesía. Nadie de relieve fue a besarle la mano excepto alguna alcaldesa socialista reciclada en cortesana periférica.

Los rostros, los gestos, las miradas que echaban fuego constituyeron la mímica, bastante ridícula a ratos, de este acto protocolario y provocador que solo pretendía aplastar la naciente República Catalana con la presencia de un monarca nada bienquisto. ¿Qué cómo se sabe? Porque el CIS ha dejado de preguntar por la valoración ciudadana de la Corona  en sus sondeos y barómetros. Al Borbón no lo quiere casi nadie en España y, menos aun en Cataluña. Es el último representante de una dinastía de trayectoria tan triste como ridícula, reestablecida por un dictador genocida y del que toda la sociedad espera que sea eso, el último y, a ser posible, breve.

Ahora que la familia del dictador anda de mudanza, tratando de colocar en el mercado el Pazo de Meirás, una de las propiedades que pillaron en el pasado, sería bueno que metiera en el lote la corona, el trono y el armiño de un rey que no tiene ni idea del país que pisa, empezando por ignorar que no es uno, sino dos. Una monarquía que hiede a franquismo, como recuerda uno de esos exministros semizombies del dictador cuando dice con perfecta sinceridad y exactitud que si se deslegitima el franquismo, se deslegitima la Monarquía. Pura lógica cartesiana, dado que el monarca español lleva el estigma del terror y la barbarie franquistas hasta en la Corona.

Por algo ni él, ni su padre (que se educó como edecán de Franco), ni el gobierno de turno, ni su partido (que es también y sin disimulo el partido del rey) han condenado jamás el franquismo. Sería como condenarse a sí mismos, que son hechura del dictador delincuente. Ni lo harán. Desaparecerán irredentos por el escotillón de la historia  a partir de la ya imparable revolución catalana. Si no en el Estado español, en el que los republicanos siguen refugiados en los cenáculos literarios, sí en Catalunya, cuyo espíritu y condición republicanas quedaron bien claros en la infausta jornada barcelonesa del Borbón humillado.

Cada vez más clara la distancia, la cesura, la separación, el cleavage entre la España monárquica y la Cataluña republicana. Suele decirse que a la República Catalana le pasa lo que al caballo de Orlando, que tenía todas las virtudes excepto la de la existencia. Con mayor razón del Rey de España que no es que vaya desnudo por Cataluña sino que, simplemente, no va o, si va, ha de volverse con el rabo o la corona entre piernas.

A monarquía vacante, República triunfante. A Rey ausente, República presente. El monarca y sus cortesanos del 155 (PP, PSOE, C’s y, en menor medida pero pujando, Podemos) harán los planes que quieran para sus dominios, reformas constitucionales, reformas electorales, apaños aquí o allá, remiendos y zurcidos en el andrajo español para ver si tira hasta las próximas elecciones y se puede seguir engañando a la gente, haciendo pasar una dictadura personal de un personaje inepto por un Estado de derecho . En Catalunya se ha abierto una era que los franquistas en el gobierno y en la oposición en España son incapaces no ya de detener sino simplemente de entender. Igual que la virreina catalana y su cipayo delegado no entendían nada de lo que pasó en Cataluña en un eco lamentable de la “noche triste” de Cortés, cuando los españoles se vieron obligados a retirarse de Tenochtitlán.

lunes, 26 de febrero de 2018

No te quieren, Felipe

Pero, ¿a quién se le ocurre? Solo a estos, tan necios que se creen sus propias mentiras. La primera de todas, la más evidente, la más palmaria: que el independentismo, el antimonarquismo, el republicanismo catalanes son cosa de cuatro elementos resentidos y antiespañoles. Bastará con descabezar (sic) a los líderes para que baje el suflé. Además son unos cobardes que se arrugan ante la justicia y se dan prófugos o presos. Es una mentira que, como el rinoceronte de Ionesco, acabará ocupando todo su ya escaso espacio mental.

Cualquiera diría que, con el recibimiento que ayer tributó Barcelona a Felipe de Borbón, esa mentira ha estallado como una pompa de jabón. Se presenta como el soberano que visita la colonia (tierra conquistada) a la que acaba de disciplinar por la violencia y se encuentra solo, junto a sus fieles servidores españoles, la vicepresidenta y el delegado del gobierno, de quien se dice que llevaba una corbata VERDE. Nada de representación institucional de los indígenas. Solo el ruido de una ciudad que no lo quiere y se lo dice. La regia mano se quedó sin besar salvo por la alcaldesa de L'Hospitalet. Luego, la cena, un suplicio, frente a un presidente del Parlament con el lazo amarillo en la solapa y que no tuvo el detalle de aplaudirle el discurso. Ese en el que se entrevé la amenaza de que, si no se le besa la mano (él lo llama "lealtad institucional"), el Congreso Mundial de Móviles se irá de Barcelona. Hasta para las amenazas es lento. El director del Congreso ya había aclarado por la mañana que ellos piensan seguir en Barcelona, sin cuidarse poco ni mucho del rey porque es gente seria de negocios y va a dónde hay negocio y no donde solo hay arrogancia e ineptitud.

Pero no importa, esta gente incomprensible seguirá a lo suyo porque se creerán sus mentiras según las repiten sus medios: que hubo algo de cacerolada y enfrentamientos entre indepes y constituionalistas y numerosas muestras de apoyo y cariño al rey. Sus televisiones hablarán del triunfal recibimiento, darán las palabras del rey en close up y, si te he visto, no me acuerdo. Buena ocasión para que las redes se rían a mansalva de unos medios cuya funciónno es otra que mentir.

Lo que no pueden evitar estos genios es que las imágenes estén en las redes y en las noticias internacionales: muchedumbres abarrotando calls y plazas, contenidas por la policía que volvió a apalear, aunquede modo menos bestial que el 1-O, calles vacías por la noche, a la salida de la comitiva real, with the blue lights flashing across the night, ruido atronador de cacerolas, silbatos, pitos. Los mossos, que se emplearon a fondo, despejaban las calles, esto es, el suelo, pero no el vuelo y por las ventanas abiertas sonaban las sartenes y hasta el himno de Riego a todo volumen, con vivas a la República. Esas imágenes son ya virales, están en el hashtag #destronemlo. De minoría de cuatro iluminados, nada. Son las imágenes de un pueblo que no quiere al Rey, que ha estallado a fuerza de apaleamientos y humillaciones a manos de gentes corruptas e ineptas pero brutales que desconocen lo fundamentos mismos de la política democrática. Un pueblo que está haciendo una revolución de nuevo tipo, algo que los españoles, según se ve, sean de derechas o de izquierdas, son incapaces de entender.

Solo a ellos se les ocurre porque, además de creerse sus propias mentiras, tienen una idea de la realidad que no se parece en nada a la realidad. Como son oligarcas, señoritos y franquistas de toda laya, creen que se puede apalear a la gente impunemente; creen que el rey puede aplaudir el apaleamiento sin que pase nada; que se puede ir al juez a mentir, diciendo que no hubo apaleamiento, que los jueces puede llegar al delirio de sostener que los apaleados son culpables y responsables de su apaleamiento. No están bien de la cabeza. 

En todo caso, son peligrosos. Palinuro decía ayer que  "Todos, hasta el rey, saben que el rey va desnudo. Por fuera y por dentro. No entiende nada de lo que pasa. Ni por asomo. Está lleno de ira y despecho, con lo que cada avez se ciega más." Son, sí, peligrosos. Vete a saber qué darán ahora en tramar. Qué harán, ahora que el rey ha comprobado que quizá sea formalmente rey de Catalunya, pero no de los catalanes. Seguro, segurísimo que no se le ocurrirá pedir perdón por lo pasado, como le dice Puigdemont. Faltaría más. Su antepasado entró en Catalunya a sangre y fuego. Este ya ha derramado (y sigue derramando) la sangre; y el fuego, según se mire. Porque los catalanes harán cosas, pero los españoles son muy y mucho españoles. 

A lo mejor no son mentiras sino una incapacidad neurótica de entender la realidad.

domingo, 25 de febrero de 2018

Espejo de príncipes

Desde que, con el Renacimiento, la ciencia política se hiciera empírica y positivista, los teóricos dejaron de escribir aquellos "espejos de príncipes" (specula principum o principum specula) en los que desgranaban las virtudes que debieran adornar el recto comportamiento de los reyes.  Eran los asesores políticos de la Edad Media. Teólogos, filósofos, legistas trataban de mostrar al soberano el camino del "buen gobierno" de la tradición platónica. Para los positivistas de todo tipo eso solo podía ser un empeño moral y, por lo tanto, no científico y desechable.

Precisamente este es el secreto del exitazo de El príncipe de Maquiavelo: su doble naturaleza, como el rostro del dios Jano. Con una cara mira hacia atrás, pues es un típico espejo de príncipes; el último. Con la otra, adelante, porque prescinde de toda moral y se atiene, como la ciencia, a los hechos. Pero eso es ya otro asunto. Hace siglos que no se escriben espejos de príncipes. Y se nota. Los reyes ya no se nutren de ellos sino de las consejas de otras fuentes: validos, amantes, consejillos nobiliarios, confesores, hechiceros, nigromantes, militares, delincuentes, familiares, ectoplasmas, banqueros, gabinetes de prensa, comunicadores, spin doctors e influencers. La saga de los Borbones contiene bastantes de estos ejemplos y, aunque se observa cierta modernización, el resultado sigue siendo el mismo: el buen gobierno (al que los positivistas llaman gobernanza) les es tan ajeno como la galaxia Andrómeda.

Tómese el caso de este monarca yendo a inaugurar el Congreso Mundial de Móviles y a quien, por cierto, espera  la cacerolada más grande que se haya hecho jamás en sonora demostración del amor de sus súbditos. A su almuerzo (ya se sabe que los reyes son de buen yantar) no acudirá ninguna autoridad catalana. El presidente y vicepresidente de la Generalitat por imposibilidad metafísica ya que, siendo un exiliado y un preso político en un país en donde no hay exiliados ni presos políticos, obviamente, no existen. El presidente del Parlament, Torrent y la alcaldesa, Colau, en protesta por las cargas del 1-O y la existencia de los innombrables, los presos políticos cuya sola mención hace saltar de su silla al presidente del TSJC y a los fiscales, quienes quizá deban actuar en justicia en este asunto. Imagínese.

Será pues un almuerzo en familia, con los amigos de toda la vida y las autoridades españolas destacadas en la colonia, en contacto directo y sufrido con los aborígenes. Algún paseíllo de corto trecho y a distancia suficiente para no ver ni escuchar las manifestaciones de sus amados, aunque no amantes, súbditos. No es una repetición de la fábula del rey desnudo porque no se necesita niño alguno. Todos, hasta el rey, saben que el rey va desnudo. Por fuera y por dentro. No entiende nada de lo que pasa. Ni por asomo. Está lleno de ira y despecho, con lo que cada avez se ciega más. No solo no ha leído ningún espejo de príncipe, como sus antepasados, sino que su fuente de información y consejo es un tal M. Rajoy, lector del Marca

El monarca o alguien en su nombre envió 10.000 policías a apalear a la población pacífica y, lo que es peor, dos días después de la bárbara acción, el rey la respaldaba de palabra, sin tener ninguna para las víctimas. A nadie puede extrañar que su persona no sea bienquista en Catalunya. Y menos que a nadie, a él mismo, sabedor, es de suponer, de que apalear no es el modo más racional de ganarse el afecto de alguien. Con esos antecedentes, por tanto, el rey llega seguramente animado del espíritu de Calígula: "que me odien con tal de que me teman".

Pero es que no le temen. Y no parece que estén los tiempos para conseguirlo por los procedimientos de su antepasado, el que no tenía un palito detrás de la uve.  

P.S. Ya tiene gracia que el Congreso Mundial de Móviles se celebre en Catalunya, lugar en donde el gobierno prohíbe investir telemáticamente al presidente de la Generalitat.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Discursos a la nación catalana

El discurso del Monarca ha acentuado la tradicional union de la Corona con las esencias patrias: 24 de diciembre, como su padre y como su abuelo ideológico; el grupo escultórico de estilo Salzillo; el cuadro de la izquierda, algo como de Correggio y el inevitable retrato de la entrañable familia como-tú-y-como-yo; todo sobre una cómoda de madera noble y herrajes dorados. Detrás del Rey, vestido de paisano para la ocasión, con exquisita gesticulación de manos, un paisaje con aire francés, las flores de Pascua, la bandera española luciendo por donde más loor recibe y la de Europa, cielo estrellado de España. Buena escenificación a la antigua usanza de una España moderna. Ya saben, "todo lo que no es tradición es plagio".

Dijo SM que España debe recuperar su protagonismo en un proyecto europeo. Recuperar, lo que se dice recuperar, como no sea el del siglo XVI/XVII, no se me alcanza ningún otro. Dijo también otras cosas en el antiguo uso de confundir el 24 con el 28 de diciembre. Por ejemplo, eso de salir en defensa de la democracia y en defensa de la igualdad. Él, el Rey.

Y otras sinsorgadas de este jaez que probablemente se le ocurren ya a él solo, sin la ayuda de su amigo de La Moncloa, quien lleva seis años haciendo lo imposible en pro de la democracia y la igualdad. Añadió como colofón una apostilla progresista que debió de redactarle algún miembro de la oposición para probable cabreo del gobierno y delicia de la izquierda dinástica que ve recompensados sus esfuerzos. Aun reconociendo que se ha superado la crisis (como quiere el gobierno), ha señalado los fallos y carencias: las familias, los jóvenes (ni una palabra para los pensionistas), la corrupción (debe de ser la primera vez que se menciona en el contexto), el medio ambiente y la violencia contra las mujeres.

Cada cual es libre de otorgar a las palabras del personaje el valor que le plazca pero son puro relleno. El meollo, el núcleo, el busilis del alegato nativideño es Cataluña. El Rey ha discurseado a, ante, cabe, hacia, sobre, de los catalanes. Pero ya no tan claramente "contra" ellos como en su última alocución, hosca y amenazadora. Tiene gracia que, por la decisión dee TV3 de no emitir el mensaje, los únicos que, si quieren, lo verán mañana o pasado son precisamente aquellos catalanes (audiencia de TV3) a los que el Monarca más encarecidamente se dirigía.

Ya no impone. Ahora implora. No ha rectificado, como le pedía Puigdemont, pero no se ha encastillado en el cumplimiento de la ley del 155. No es mucho, pero tampoco el asunto es importante ya que, con su habitual habilidad, el gobierno ha puesto a la Corona en fuera de juego. El Rey no tiene nada que decir.

Son los políticos quienes han de hablar. Y hacerlo sobre las cuestiones concretas aquí y ahora. El bloque independentista ha ganado las elecciones. Corresponde iniciar los trámites para la constitucion el govern. Para ello, los candidatos electos han de tomar posesión de sus actas en libertad. El gobierno avisa de que, para ser investido (ya lo da por investido), Puigdemont ha de venir a España. Punto este de muy dudosa factura porque, como se sabe, si Puigdemont viene, será inmediatamente detenido. Con conseceuencias imprevisibles porque los jueces españoles lo son. Si hay dudas véase el trato que han recibido los cuatro presos políticos indepes.

Rajoy ya se ha encogido de hombros característicamente al decir que él no controla los procesos judiciales porque en España hay división de poderes, por si la peña lo ignoraba. Palinuro lo advertía hace un par de días: el sistema tiende a ser autopoiético y a autonomizarse. ¿Qué mejor ocasión -y más patriótica- para que los jueces demuestren la independencia de su poder sobre las espaldas de un prófugo?

Llegados a este punto, la situación se ha hecho surrealista. Merkel exige la formación de un govern legítimo (o sea, aceptado por los catalanes) pero el gobierno español no puede garantizarlo porque los jueces no le dejan. Esos jueces que antes le eran tan complacientes. De forma que el Estado español (que ha licenciado al gestor del éxito catalán, Moragas, enviándolo de embajador a la ONU, en donde arreglará el mundo) puede optar entre dos formas de hacer el ridículo: a) desautorizar a los jueces y permitir la formación del govern; b) desautorizar a Merkel y no permitirla. 

En cuanto a Puigdemont y los indepes, la euforia del triunfo los ha convertido en una piña. Su comportamiento es coordinado y espontáneo, pues es impensable que se ajuste a alguna previsión en circunstancias imprevisibles. Pero es. Puigdemont mantiene su actitud gaullista de figura emblemática de liberación nacional que, como se ha visto el 21D tiene mucha fuerza. El bloque al interior reafirma que él es su presidente y encara la restitución del govern depuesto por el consorcio del 155. La CUP, adherida al planteamiento mientras esté dé prioridad al eje nacional. Nada más que decir. Algo invencible.

Esa oferta de Puigdemont a Rajoy de encontrarse a dialogar fuera de territorio español tiene la audacia de plantear la relación al nivel casi más alto, de igual a igual, en ejercicio de un mandato democrático de la mayoría del electorado el 21D. Y digo "casi" porque también la plantea, en efecto, al nivel más alto, al de la Corona, cuando recomienda a esta que aproveche la ocasión del mensaje navideño para rectificar. También de igual a igual. Puigdemont actúa como presidente del govern y Jefe del Estado de la República Catalana, en tanto se dilucida constitucionalmente si esta es presidencialista o parlamentaria. Así que, cuando dice que las elecciones del 21D han significado el triunfo de la Republica Catalana sobre la Monarquía del 155, está articulando otro discurso a la nación catalana.

(He pasado el blog al amarillo en reclamación de libertad para los presos políticos).

miércoles, 4 de octubre de 2017

Los progresos del Rey

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Hace unos dos años, en el verano de 2015, Felipe VI coincidió en un acto protocolario con el presidente de la Generalitat, Artur Mas, y aprovechó la ocasión para soltarle un sermón sobre la democracia y el Estado de derecho. Andaba el monarca mosca con la pertinaz tendencia de los antaño mansos nacionalistas burgueses a pasarse al independentismo. Precisamente el tal Mas había realizado el año anterior, el 9 de noviembre, una consulta, especie de proto-referéndum sobre cuya naturaleza jurídica discutirán las generaciones venideras pero cuya eficacia política fue impactante. Asi que, aquí te pillo, aquí te mato, el Rey colocó una teórica al señor Mas sobre el valor fundante de la democracia que es la Ley. La ley, igual para todos y por encima de la cual no puede haber nadie. Excepto él. En consecuencia, también está por encima de la democracia. 

Animado por la arenga real, Palinuro escribió un post titulado Carta abierta a Felipe VI, que tuvo buena acogida. Luego la convirtió en vídeo con el mismo título y la colgó en Youtube. Es la que se reproduce aquí. Recuérdese, han pasado más de dos años y Felipe VI ha comparecido de modo extraordinario y ha soltado el mismo discurso, aunque con un tono y un contenido mucho más duros, hoscos, amenazadores. Sobre eso, sobre el breve y crispado dicurso de hoy, otro post.

sábado, 26 de agosto de 2017

El desembarco español en la manifestación de hoy

Las noticias son confusas. El Rey confirma que va la manifestación por el atentado. Rajoy parece habérselo pensado y acompañará a su Rey. Va a asistir todo el gobierno,  así como los presidentes autonómicos y la habitual nube de altos cargos, políticos influyentes, parientes y enchufados. Todos en un avión especial Airbus 360 fletado con cargo a los presupuestos. Y se dice que los aviones pueden ser tres. Una verdadera flota de Estado en defensa de la unidad monárquica de España. Y, como es un asunto de Estado, en la misma aeronave viajará el líder de Podemos. Haciendo patria que también podría hacerse en la Puerta del Sol, con una concentración nacional-española.

El manifiesto intento de "españolizar" la ocasión choca con el desastre de la gestión estatal del atentado.Y peor aun que desastre, choca con la permanente hostilidad y guerra sucia del Estado a Cataluña como ha quedado claro al descubrirse la manipulación política partidista del ministerio del Interior del PP en relación con los Mossos y la seguridad de la ciudadanía catalana. Con las consecuencias de todos sabidas. Es como si, reconociendo la incompetencia, la ineptitud y la mala fe de las autoridades políticas españolas en este vidrioso asunto de la policía y la lucha antiterrorista, el Estado quisiera ahora compensar con un espectáculo simbólico de reconstitución de una predicada unidad que no se ha dado nunca.  Y precisamente a causa de quienes hoy aterrizan en Barcelona a unirse a una manifestación que es de esperar no se les vuelva en contra.

La presidencia del Rey, ya cuestionada desde el primer instante por la CUP con apoyo muy extendido, se quedó en una asistencia, en una presencia prácticamente personal. Seguramente el Monarca piense que es hora de romper la desafección que ya denunciaron hace más de diez años Maragall y Montilla. Y crea conveniente hacerlo aceptando las condiciones catalanas, como un ciudadano más. Se trataría de demostrar con hechos su convicción democrática.

De ser así, lleva mal camino al tomar la forma de una especie de expedición española monárquica en territorio desafecto y mayoritariamente republicano. Sin duda el gobierno piensa en clave española que el Rey no puede ir a título individual y debe hacerlo como Jefe del Estado, razón por la cual convierte la presencia del Rey en un acto de afirmación monárquica española, al que se suma el líder de la oposición de Podemos. Sánchez no irá en ese avión porque ya se encuentra en Cataluña, en la manifestación en Cambrils. No sabemos si, estando en Madrid, hubiera aceptado la invitación a sumarse al séquito real español en tierras infieles o hubiera seguido montado en su coche.

Aspecto este nada trivial: los políticos españoles asistentes a la manifestación de hoy lo hacen con cargo al erario. Es de suponer que esos aviones, sean uno o tres, los devolverán a Madrid por la noche. Gratis total. El resto de la ciudadanía, si quiere asistir a la manifestación para hacer lo que estos habrá de pagárselo de su bolsillo.

La manifestación de hoy pretende traducir un estado de rechazo unánime al terrorismo por lo que algunos recomiendan no llevar esteladas. Pero  la intervención del gobierno de acuerdo con el Rey al convertir el acto en uno de afirmación española, de unidad ficticia, impuesta a la fuerza, elimina los reparos y consideraciones de los indepes en sus diferentes gamas.

La manifestación de hoy es un acto político que seguirá cambiando las reglas de juego entre España y Cataluña. De hecho, ha comenzado a serlo desde el momento en que Puigdemont recibe a la expedición española con la noticia de que la Generalitat ya tiene 6.000 urnas. Provocación lo llama El País.

El término es grueso pero formula igualmente lo que piensan los indepes del desembarco monárquico español. Una provocación.

jueves, 17 de agosto de 2017

Una carta de hace dos años al rey

Mi amigo Bernat me comunica que la ha llegado por Whatsap esta carta abierta a Felipe VI con el siguiente mensaje: "La carta d'un català al Rei Felipe VI que fa furor a la xarxa". La carta es mía. No tengo nada en contra de que se me atribuya la nacionalidad catalana, al contrario, me siento orgulloso. Pero sí tengo contra la costumbre de reproducir textos suprimiendo la autoría. Palinuro está todo él en Creative Commons y por lo tanto, la reproducción de sus contenidos es libre con las solas limitaciones de no desfigurarlos, no hacerles decir lo que no dicen y reconocer la autoría. Eso es elemental. Si se difunde con estas condiciones, no hay problema alguno. La carta se publicó el 24 de julio de 2015, hace más de dos años y estoy encantado de que tenga tanta difusión. Ya la tuvo entonces, razón por la cual, me decidí a subir un vídeo a YouTube leyéndola íntegra y que reproduzco aquí:





Hoy podría volver a escribirse pues sigue siendo actual.

Para quienes quieran leerla como salió,la reproduzco aquí:

Estimado señor: en 1716, un antepasado suyo, Felipe V, abolió de un plumazo los derechos y libertades catalanas tras someter Barcelona mediante conquista militar. Trescientos años después quiere el destino que venga usted a impedir que los recuperen.

Acaba usted de espetar un discurso a un gobernante democrático, elegido por las urnas, como usted no lo ha sido, cuyo contenido esencial reside en recordar la necesidad de respeto al principio de supremacía de la ley, sin el cual, no es posible la sociedad civilizada.

¿Con qué autoridad dice usted eso a un presidente que, como él mismo señaló en una entrevista posterior, nunca se ha saltado la ley? Contestemos a esta fastidiosa pregunta.

Su autoridad personal en la materia que, a fuer de republicano, este blog no reconoce, es inexistente. Su poder viene directamente de la designación de un militar golpista, un delincuente perjuro que se alzó contra su gobierno y usted no ha tenido el coraje ni la gallardía de refrendarlo mediante una consulta a la ciudadanía, un referéndum en el que esta decida si quiere seguir con la monarquía o prefiere la República, el último régimen legítimo que hubo en España, pues el suyo no lo es.

Usted carece de autoridad pero se hace eco de la del gobierno español, ese sí, elegido por sufragio universal. Es este quien ha enviado a usted a Cataluña a recitar el catón elemental del Estado de derecho: el respeto a la ley, que a todos nos obliga, incluidos los gobernantes.

En términos abstractos esto es cierto. En términos concretos, aquí y ahora, en España, no solo no lo es, sino que es una burla. El gobierno que exige a Mas el cumplimiento de la ley, la cambia a su antojo, unilateralmente, sin consenso alguno, valiéndose de su rodillo parlamentario cuando le conviene, de forma que esa ley ya no es una norma de razón universal, general y abstracta que atienda al bien común, sino un dictado de los caprichos del gobierno del PP que, como sabe usted perfectamente, es el más corrupto, arbitrario e incompetente de la segunda restauración. Un solo ejemplo lo aclara: el mismo día que el presidente de ese gobierno, un hombre sin crédito ni autoridad algunos, sospechoso de haber estado cobrando sobresueldos de procedencia dudosa durante años, denuncia que los soberanistas catalanes intentan "cambiar las reglas del juego" al desobedecer la ley, sus acólitos presentaban un proyecto de ley de reforma del sistema electoral español para cambiar las reglas de juego a tres meses de unas elecciones. Y nadie en España, ni un medio de comunicación, ni un publicista ha denunciado esta arbitrariedad, esta ley del embudo.

Ciertamente, los gobernantes dicen que, si a los catalanistas no les gusta la ley, pueden cambiarla, pero legalmente, como han hecho ellos. No tengo a usted por una lumbrera, pero imagino que no se le escapará la impúdica hipocresía de este razonamiento pues los catalanes jamás serán mayoría en cuanto catalanes en España y, por tanto, no pueden materialmente cambiar la ley y están condenados a vivir bajo la que la mayoría les impone. Siempre. Por si no lo sabe usted, eso se llama "tiranía de la mayoría" y es tan odiosa como la de la minoría.

No, señor, el asunto ya no es de respeto a la ley. El asunto es de legitimidad, o sea mucho más profundo y antiguo. Pero, por no abusar de su paciencia, se lo expondré a usted en tres sencillos pasos a imitación de la triada dialéctica hegeliana que sirve para explicar la evolución de la realidad, pero también su involución.

Primero vino una guerra civil y cuarenta años de dictadura que forjaron una realidad española en la que se mezclaban los sueños de fanfarrias imperiales con los harapos de un país tercermundista, gobernado por los militares y los curas, como siempre. Fascismo, nacionalcatolicismo, centralismo, ignorancia, represión y robo sistemático. Fue la tesis.

Luego llegó la transición, la negación de la tesis, la antítesis. España se convertía en una democracia homologable con el resto de los europeas. Se negaba la dictadura. El Estado se descentralizaba y devolvía libertades a los territorios, se promulgaba una Constitución que consagraba la separación de la Iglesia y el Estado y propugnaba un Estado social y democrático de derecho. Y se acariciaba la ilusión de que era posible una continuidad normal del Estado, por encima de los avatares históricos.

Por último llegó la negación de la antítesis, la negación de la negación, la síntesis. Con el triunfo aplastante del PP en 2011, volvió el espíritu de la dictadura, el gobierno de los  curas (o de sus sectarios del Opus Dei), el nacionalcatolicismo. Se conservó la cáscara de la Constitución, pero se la vació de contenido con la ayuda del principal partido de la oposición, cómplice en esta involución y se procedió a recentralizar el país, atacando el régimen autonómico y burlando las expectativas catalanas, de forma que su estatuto carece de contenido. De nuevo con la ayuda del PSOE y la diligente colaboración de todas las instituciones del Estado. La que más se ha usado ha sido un Tribunal Constitucional carente de todo prestigio y autoridad moral por estar plagado de magistrados al servicio del gobierno o sectarios del Opus Dei, con su presidente a la cabeza, militante y cotizante del PP. 

Así están hoy las cosas en España, señor mío. Un gobierno de neofranquistas y nacionalcatólicos, empeñados en imponer sus convicciones como ley de la colectividad, impregnado de corrupción, basado en un partido al que algún juez considera una asociación de delincuentes. Un gobierno que ha provocado una involución sin precedentes, una quiebra social profunda (lea usted las estadísticas de pobreza, las de paro, las de productividad, las verdaderas, no las que fabrica esta manga de embusteros) y una quiebra territorial mucho más profunda, que él mismo reconoce de una gravedad extrema y de la que es el único responsable por su incompetencia, autoritarismo y corrupción.

¿Cree usted que ese gobierno tiene autoridad para hablar de la ley?  ¿La tiene usted?

No le extrañe que los catalanes quieran liberarse de esta tiranía personificada en estúpidos provocadores como ese que quiere "españolizar a los niños catalanes". Muchos otros, si pudiéramos, haríamos lo mismo. No quieren, no queremos, vivir otra vez el franquismo. 

Y usted, le guste o no, lo representa.




sábado, 5 de agosto de 2017

Una real propuesta

Pues señor, estábame el otro día pensando de qué manera podría hacer alguna aportación constructiva y original al actual galimatías patrio y no daba con ninguna. Hasta que me acordé del Rey que, parece, anda a sus asuntos. La Constitución encomienda al Monarca una función de arbitraje y moderación de las instituciones y, pardiez, como están las cosas, no parece descabellado pedir que la ejerza. A ver qué se le ocurre. De hecho, me extraña no leer artículos sesudos sobre la institución de la Corona y la figura del Rey en un momento de aguda crisis constitucional. No deben estar claras las cosas cuando legistas, escribas y otros palmeros no hagan acto de grave presencia.

Directos al grano. Quienes aseguran firmemente respetar y querer a los catalanes, considerarlos nación y miembros voluntarios a la vez de la supernación española, estarán dispuestos a hacerles justicia. Para ello, ¿qué tal si Felipe VI se presenta en la próxima Diada en la ofrenda floral a Rafael Casanova, reconoce la nación catalana y anula los Decretos de Nueva Planta?

Resulta estrambótico, ¿verdad? Pero a los políticos, dirigentes y estadistas no se los puede medir por las pautas y usos de los probos y diligentes funcionarios del mero sentido común y la rutina (aunque casi todos ellos se limiten a eso) sino por decisiones audaces, de gran alcance, por actos simbólicos que cambian la forma de vida de la gente y dejan huella. Felipe VI arrastra un problema originario de legitimidad. A falta de someter su trono a referéndum, que sería lo más acorde con el espíritu de los tiempos, cuando menos podría tener el gesto de reparar una injusticia histórica con los catalanes (y, por supuesto, països catalans) y devolverles sus libertades, prometiendo, además un Estado compuesto con una monarquía bicéfala, como los Austrias. Si le sale, le sale.

De inmediato se recordará al Rey que entre sus inexistentes atribuciones tampoco está la de dejar sin efecto la Constitución española en una ofrenda floral. Y mira que no es mala idea por tratarse de una Constitución que nunca ha sido tal, sino un instrumento primero de dos partidos y, luego, solo de uno.

Para no frustrar la regia y humana voluntad de pedir perdón por la injusticia de hace 300 años (nacimiento verdadero de la “nación española” a sangre y fuego), el Parlamento, en debate plenario, quizá a petición de los indepes catalanes, podría autorizar al Rey a ese acto de reparación histórica. 

Con esto no se quiere decir que los republicanos fuéramos menos republicanos ni los independentistas menos independentistas, pero sí que ofreceríamos al adversario juego limpio en un referéndum sobre la República en toda España y en Cataluña, además, sobre la independencia. La idea es estupenda y solo me protege de las críticas por dar ideas al adversario el hecho de que este es tan cerrado de mollera que algo así no se le pasa por su colectiva y huera cabeza.

La imagen es una foto de la Cancillería del Ecuador bajo licencia CC

jueves, 29 de junio de 2017

El Rey de los españoles

Delenda est Monarchia, decía Ortega en 1930. 87 años después, ahí seguimos. Dispuestos, al parecer, a otros 87 y más aun; por la eternidad. La Monarquía es un régimen político que depende exclusivamente de la capacidad reproductora de su titular e, incluso, cuando esta falla, encuentra remedios de variado tipo para restablecerse o restaurarse.

Según se dice, los especialistas y expertos en la redacción del discurso del Monarca se han esmerado al extremo de que todo el mundo da el texto como muy medido, equilibrado, responsable, atento, pero firme. Dos temas cruciales ha acotado la arenga, el nombre común dictadura, explícito y el nombre propio, Cataluña, implícito. En ambos puntos el Rey desbarra. Tan bueno no es el trabajo de redacción.

La designación de Dictadura al régimen anterior, al que su padre juró lealtad, trata de acompasar el discurso del poder con el normal raciocinio humano en la sociedad actual. El franquismo fue una dictadura (y genocida, de una extraordinaria crueldad) y así piensa prácticamente todo el mundo. Aunque con un retraso bíblico de 40 años, la Monarquía reconoce la naturaleza dictatorial del régimen de Franco. A eso lo llaman los cortesanos "modernizarse". 

Se entiende que el Rey anterior se deshiciera en elogios del dictador y guardara recuerdos paterno-filiales de eterno agradecimiento por lo cual no podía llamarlo "dictador". Pero el hijo es otra cosa. Más siglo XXI y llama "dictador" a un "dictador". El problema es que la dictadura de aquel dictador es el origen de esta Monarquía, su único título de legitimidad. Precisamente ahora se "moderniza" así:la guerra civil y la dictadura fueron una inmensa tragedia sobre la que no cabía fundar el porvenir de España. ¿Alguien llamaría a esto una "redacción ajustada"? Pero, ¿no es él mismo lo que entonces era el porvenir de España?

Al lado de esta fabulosa incompetencia de concepto palidecen las demás lindezas del discurso en torno a la transición. Incluso ese subrepticio intento de apuntarse a la teoría de las "cosas buenas" del franquismo, vago recuerdo de la tecnocracia del "Estado de obras" de la Obra. Un modernizador siempre reconoce a los de su quinta.

El propósito del lavado de cara real es afirmar que aquella legitimidad tinta en sangre de la dictadura quedaba remozada a su paso por la transición, las elecciones, la Constitución y la nueva legalidad que ahora, sí, es legítima y debe aplicarse cuando corresponda, con entera tranquilidad de conciencia.

Y aquí viene el segundo desbarre, oído cocina Cataluña. Los cantos son los habituales: la unidad de España en la diversidad de sus territorios. El sano regionalismo de Fraga llevado a los insólitos extremos del autonomismo por el mismo Fraga y otros no menos bienintencionados españoles empeñados en encontrar un encaje de Cataluña en España, cuestión secular. Con esto se cierra la transición cuyo significado secreto es que produce una solución de continuidad entre el padre, servidor de la dictadura, y el hijo, su crítico y adversario.

Desde la altura de esta imaginaria e ilusoria purificación, el Monarca se siente autorizado a amenazar al independentismo catalán con consideraciones de la cosecha de Rajoy sobre la necesidad del cumplimiento de la ley porque fuera de esto no hay nada bueno. Si lo sabrá él, que preside un gobierno y un partido en el que hay docenas de cargos fuera de la ley.

Y todavía más profundo desbarre la subalternidad del Rey no solo a los argumentos de Rajoy, sino a su actitud autoritaria de negarse a reconocer la existencia de un problema y a arbitrar medidas para resolverlo por la vía de la negociación y no de la represión. Que es justo a lo que apunta el Monarca al respaldar miméticamente la actitud política de un gobierno que lleva al país a una situación crítica.

En realidad, ayer habló el Rey de los españoles para amenazar a los partidarios de un referéndum "ilegal" en Cataluña en general y en concreto a los independentistas que, además, son republicanos.  Felipe VI, crítico de la dictadura y debelador del independentismo catalán. Tendiendo puentes para celebrar la transición.

viernes, 10 de febrero de 2017

Estado de corrupción

¿Es válido el resultado de un juego en el que se demuestra que la parte ganadora hizo trampas? El ganador, el campeón, pierde los títulos. ¿Por qué se da por válido el resultado de unas elecciones que se ganaron gracias a la financiación ilegal? No hay más "razones" que la arbitrariedad por la parte ganadora y la sumisión por la perdedora. Pero no es de recibo. En un Estado de derecho no es de recibo.

La cuestión es si España puede considerarse un Estado de derecho. Empecemos por arriba. El Senado rechaza la petición de Compromis de que el Estado responda si se pagaron "aventuras cárnicas" del rey Juan Carlos con dinero público. Ya solo la pregunta nos introduce en un jardín pintoresco, pero la respuesta de que esa información no puede facilitarse por ser materia reservada sujeta a la ley de secretos oficiales lleva el pintoresquismo a niveles surrealistas. ¿Por qué son "materia reservada" y "secreto oficial" los escarceos amorosos del anterior Borbón reinante de los que habla todo el mundo en la televisión, incluidas sus protagonistas? Notable tufo a ridículo. Y de Estado de Derecho, nada. ¿Por qué no puede conocer de cierto, por fuente oficial, la ciudadanía las alegrías del Rey con presuntos dineros públicos? Los del silencio suelen argumentar el art. 53,6 de la Constitución, el que hace inviolable y no sujeta a responsabilidad la persona del Rey. Ya es insólito un Estado de derecho en el que hay alguien por encima de la ley. Pero es que, además, es estúpido porque no se trata de si el Rey es o no inviolable sino de si tiene el derecho a gastarse el dinero de la ciudadanía sin dar cuentas por ello. Una cosa es ser inviolable y otra incognoscible. Claro que tampoco ha comentado nadie en la Casa Real la noticia publicada hace ya año en Forbes sobre la supuesta fortuna de Juan Carlos de 1800 millones de €. La inviolabilidad y la irresponsabilidad no producen invisibilidad.

Es un Estado de derecho en el que muchos cargos políticos del partido del gobierno pasan más tiempo luchando en los tribunales que gobernando. Y son docenas. En todos los niveles. Y las causas son siempre corrupción, malversación, apropiación indebida, cohecho, etc. Algunos jueces que han llegado a imputar al partido como persona jurídica lo tienen como una asociación con ánimo de delinquir. Es verdaderamente curioso que un partido parecido a una asociación de malhechores administre un Estado de derecho. Se percibe cierta incongruencia: un partido en el que han tenido importantísimas funciones de gestión personas como Fabra, Granados, Matas, Mato, Rato, Camps, Barberá y muchísimos otros de menor relevancia no parece el medio más idóneo para gobernar un Estado de derecho.

Sobre todo porque, además, si algo ha caracterizado la reacción del PP ante la corrupción ha sido una disonancia cognitiva total desde el primer momento. En el terreno declarativo pasó de negarlo todo ("no un montaje del PP sino un montaje contra el PP") a ponerse al frente de la manifestación y acaudillar el regeneracionismo con algunas normas anti-corrupción de las que nadie hacía el menor caso. En el terreno de la acción torpedeó sistemáticamente la acción de la justicia (destrucción de pruebas, mala fe procesal, etc) y encubrió cuanto pudo a los imputados, acusados o condenados.

En este terreno del encubrimiento -que genera una desconfianza grande de la gente en las instituciones democráticas- se juega todo el Estado de derecho. Si a día de hoy, el presidente del gobierno recibe a los familiares de las víctimas del Yak42 con catorce años de retraso y con ello, aunque sea vergonzantemente, se admite la responsabilidad del Estado (o sea, de Trillo, que aún no ha pedido perdón), esos catorce años ¿no han sido de encubrimiento?

Y es el caso que tal parece ser el contenido de la pelea en el PSOE, sobre si Estado de derecho sí o no. El campo de Susana Díaz, la Gestora, los medios, los barones, etc lleva al PSOE a la gran coalición en la que de hecho ya está. El mantenimiento de la alternancia de los dos partidos dinásticos, los dos leales a la III Restauración. La candidatura de Sánchez trae apoyos de naturaleza muy distinta, procedente de las bases, los militantes y da la impresión de que se orienta más a una alianza de la izquierda que restaure más que la monarquía el Estado de derecho en el que todos somos libres e iguales ante la ley y nadie está por encima de ella. La tercera candidatura, la de López, no acabo de encontrarle perfil propio.

Por eso importa tanto a todo el mundo la solución del conflicto en el PSOE.

lunes, 26 de diciembre de 2016

El rey en su corte

Es preciso volver a hablar del discurso de Nochebuena de Felipe VI por el inefable eco que ha tenido en la Corte, en donde casi todos están extasiados ante el real verbo. Los dos partidos dinásticos se felicitan del hondo calado social del monarca. El País se hace lenguas con un editorial almibarado, Felipe VI y la sociedad que le lleva al arrebato místico de ver en un futuro al orador de Nochebuena teniendo que luchar por la Monarquía contra la República. En C's, ya se sabe, la palabra real es doctrina de obligado cumplimiento. La corte entera cenó aliviada escuchando en qué firmes manos se encuentra el timón de esta gran nacion. Solo los de Podemos se rebotaron y afearon al monarca que ignorara el estado de necesidad en que malviven sus súbditos. No está mal, pero es poco y liviano. Porque ese no es el problema, con lo cual su crítica no se diferencia gran cosa de los ditirambos de sus compadres parlamentarios.

No se trata de lo que Felipe VI dijera o dejara de decir, sino de con qué autoridad habla, en nombre de quién y para quién.

El discurso del Nochebuena fue el discurso de Rajoy de la cruz a la fecha. Tanto da que hubieran sustituido al Felipe VI en carne mortal por un autómata para que repitiera las ideas, las expresiones mismas de Rajoy. El rey pone la sedicente autoridad de la corona al servicio de un partido e identifica su suerte con la de este. Reproduce el discurso de un tercio del electorado y se dirige a tranquilizar a ese tercio y a amenazar apenas veladamente al resto. 

Es insólito (y más aun que nadie lo señale) escuchar el jefe del Estado reproducir la doctrina autoritaria y neofranquista de Rajoy, según quien la democracia es la consecuencia del respeto a la ley. No al revés, como creemos los demócratas, esto es, que la ley es consecuencia del respeto a la democracia.

Y también es insólito y hasta indignante que se obligue a decir a esa testa coronada pero poco razonante que no hay que atender a la memoria histórica. 

TV3 no retransmitió el discurso de marras. A la vista de lo que dijo Rajoy disfrazado de Felipe VI, hizo muy bien.

Por lo demás, en la imagen se aprecia que el cuadro del fondo es Carlos III, como decía Palinuro en un post anterior. Lo que no está claro es la autoría. Mi amigo Eusebio Lucía dice que es de Anton Rafael Mengs. Pudiera ser. Goya copió el cuadro de Mengs. Pero a lo mejor tampoco es así. Los retratos que conozco de Carlos III tanto por Mengs como por Goya no coinciden con este de La Zarzuela en un par de detalles esenciales.

domingo, 25 de diciembre de 2016

El discurso de Rajoy

Estuvo muy bien ayer Rajoy caracterizado de Felipe VI. Se le ve rejuvenecido, menos huidizo, con mayor aplomo, no se le cierra el ojo, vocaliza bien y hasta se entiende lo que dice que, en lo esencial, es lo que lleva años diciendo: a) la crisis es historia; vamos de recuperación; b) el independentismo catalán no existe y ojito con que exista; c) el pasado no se toca; la única memoria admisible es la desmemoria.

a) La crisis como pasado. La típica mentira del sobresueldos reiterada por este figura, siempre que no se miren los datos del paro, la dependencia, los subsidios de desempleo, el fondo de reserva de las pensiones o la deuda.

b) Ojito a los catalanes. La democracia, dice Rajoy por boca del Borbón consiste en obedecer a la ley. Ninguno de los dos parece comprender que esa definición es absolutamente imbécil porque dependerá de cómo sea la ley. Las dictaduras (la de Franco, por ejemplo, tan estupenda para ambos) también tienen ley y eso no las hace democracias. La democracia se basa en el consentimiento de la gente y de ese andan los dos escasos.

c) El pasado, lo de las "heridas cerradas" es el habitual insulto de los vencedores de la guerra que no permiten a los decendientes de los vencidos enterrar sus muertos en paz más de 40 años después de la muerte del criminal que ambos veneran y añoran.

Se le entiende hasta lo que no dice. La corrupción no existe y, dentro de poco irá a hacer compañía a la crisis, junto a la rueca y el huso. De la Constitución no se habla y de reformarla, menos aun. En realidad, a estos pájaros, el país les importa una higa. Solo se importan ellos.

El resto de la perorata podría llamarse "relleno real", con retórica flamígera: el esfuerzo de los españoles, el trabajo, el sacrificio para el engrandecimiento de la nación española. Género arenga civil. Con algún broche destinado al tercio más nacional-católico con un ditirambo a la familia ensalzada no por sus valores intrínsecos, sino por su condición de Estado del bienestar privado y subsidiario. La derecha se hace realista.

Este año, como tocaba dar imagen de modernidad, nos han encasquetado un pequeño monográfico sobre las TICs, con la muy novedosa advertencia de que la revolución digital está dando al traste con formas de vida no de siglos, sino de decenios, de hace unos años. Pues sí, ese el tema en el que todo el mundo está perdido porque nadie tiene brújula alguna. Por si acaso, el orador de anoche apuntó a la importancia fundamental de la educación. Justo uno de los capítulos en donde más ha recortado el gobierno del PP. Basta con comparar el porcentaje del PIB que España destina a educación e I+D y el que destinan los países nórdicos.

Un apunte de imagen. Yo suprimiría estos mensajes de Nochebuena en un país oficialmente aconfesional y que tanto recuerdan los discursos de Franco. Por cierto, en las imágenes de plano general, la pared del fondo luce el retrato de Carlos III por Goya. Carlos III es el único Borbón que merece buen juicio general, aunque de modesta ambición, pues ve en él sobre todo "el mejor alcalde de Madrid". Y Goya. Supongo que se trata de un mensaje subliminal de carácter reformista. "Yo no soy como mis antecesores". La cuestión es si le importa a alguien.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Retratos a la brasa

Mi artículo de elMón.cat titulado
Tàctica i estratègia.

El lunes, mientras estábamos en el Romea, tratando nuestras quisicosas, unas gentes a las puertas del Parlamento catalán, quemaban fotos del rey mientras que, en el interior, al estar prohibido fumar, tres diputadas de la CUP se limitaban a romperlas. Todo en protesta por el hecho de que, con anterioridad, los mossos d'esquadra hubieran detenido a tres de los cinco activistas que, en fechas pasadas, igualmente metieron la tea a unos retratos del monarca. Los otros serían detenidos por la guardia civil caminera en el autobús que llevaba a un buen puñado de cupaires a Madrid a protestar por las tres primeras detenciones.

Parece que a la gente de la CUP no le gusta el Rey de España. Lo cual no se entiende del todo bien pues, al ser una organización independentista, poco debiera importarle si el país vecino, España, tiene un rey o siete o una calabaza en el trono. Pero le importa y está dispuesta, como se ve, a prenderle fuego, en principio en símbolo. Y eso, gustará más o menos, pero no es delito. No es delito quemar en la calle el retrato de cualquier ciudadano y tampoco el del monarca que, según la doctrina oficial es legalmente igual a aquel y, si este es quemable, también lo será el del rey.

Los retratos, las banderas, las imágenes, son símbolos y tienen el valor que los seguidores o adversarios quieran darles. En principio, quemar los símbolos que un grupo adora es lo mismo que imponer su presencia a quienes los detestan. Tan provocación es lo uno como lo otro. Tan ofendidos pueden sentirse los otros como los unos. No habiendo un daño o perjuicio al bien común o privado objetivo, material, mensurable, el respeto o falta de respeto es asunto de opinión y, por lo tanto, amparado en la libertad de expresión.

En fin, de eso trata el artículo cuya versión castellana sigue:

Táctica y estrategia

“Ninguna oferta de falso diálogo detendrá el proceso”, decía el lunes el presidente Puigdemont en el teatro Romea. Por supuesto que no. Pero hay más, en las condiciones actuales, en las que viene acompañada de un recrudecimiento de la actividad represiva del Estado, toda oferta de diálogo es necesariamente falsa. Decir que se pretende dialogar con quien se persigue judicialmente y se encarcela es agredir doblemente a la otra parte e insultar la inteligencia de los espectadores.

La oferta de diálogo del gobierno viene acompañada de la exigencia de que se abandone la hoja de ruta y se renuncie al referéndum. Como es de esperar, tratándose de franquistas, este gobierno es incapaz de vislumbrar la idea de que dicha exigencia solo empezaría a ser admisible si viniera acompañada de un archivo definitivo de todas las causas judiciales abiertas contra el independentismo. Solo de este modo se establecería una situación de igualdad, requisito imprescindible de todo diálogo. De no ser así, se tratará de un monólogo de “ordeno y mando” inadmisible, por mucho que guste a este gobierno.

¿Qué eso no se puede hacer porque depende del poder judicial que está separado del ejecutivo y el legislativo? La crisis española solo entrará en vías de solución cuando los gobernantes digan la verdad, en lugar de mentir por sistema. En España no hay división de poderes. No la ha habido nunca. Respecto a las relaciones entre el Parlamento y el gobierno (que depende de la confianza de la Cámara) no la hay desde 1978. Lo que había antes no merece ni una mención. Pero tampoco la hay entre el ejecutivo y el judicial desde la victoria del PP en las elecciones de noviembre de 2011. La permanente interferencia del gobierno y su partido en la administración de justicia y la politización de esta lo dejan bien claro. El mismo gobierno que fuerza al Tribunal Constitucional a proceder cómo y cuándo le interesa y moviliza a la fiscalía en contra de sus adversarios políticos, obligándola a “afinar” sus patrañas es el que puede y debe renunciar a estos procedimientos, eliminar la politización de la justicia y proteger a los ciudadanos en el ejercicio de sus libertades y derechos, entre ellos el de libertad de expresión, que incluye quemar las banderas y los retratos que quieran, siempre que, como objetos materiales, sean de su propiedad.

Vamos aquí al meollo de la cuestión en estos días. Muchas buenas gentes censuran la quema de retratos reales porque, dicen, son provocaciones inútiles que proveen de razones al adversario y constituyen errores tácticos puesto que alejan o dificultan los objetivos estratégicos. De ser esto cierto, en efecto, las quemas y roturas simbólicas serían un error. La táctica debe estar siempre al servicio de la estrategia y, si no lo está, si dificulta el logro de esta quizá no solo sea un error sino una maniobra adversa.

Pero eso no es cierto. Los ciudadanos podemos hacer cuanto no esté expresamente prohibido en las leyes y en ningún sitio se dice que no podamos quemar efigies del rey como podemos quemar las de sus servidores y lacayos. Eso solo puede perseguirse a base de invocar principios etéreos, sin duda incluidos en otras normas por lo demás dudosas, que hablen de “ofender” la dignidad real o cosas similares. Dependiendo de consideraciones subjetivas de este jaez y de la sensibilidad subjetiva de los supuestos agraviados, aquí podría penarse todo, hasta la exhibición de esteladas en los balcones o las camisetas independentistas. Y hasta las conversaciones. Y, ciertamente, hasta las ideas.

No será la primera vez en España y ya estaremos como siempre, volviendo a la Inquisición.

Los ciudadanos pueden quemar imágenes del rey porque todos los españoles, según doctrina oficial, somos iguales ante la ley. Igual de quemables también. Eso es algo evidente en sí mismo, tanto como no ver que la propia idea de provocación es interpretable según distintos criterios. Quemar retratos del rey es perseguible, ¿y no lo es colocarlos por doquier para que presidan los actos públicos de todas las corporaciones, aunque estén compuestos por fuerzas republicanas? ¿No lo es que presidan las tomas de posesión de todas las autoridades, incluidas igualmente las republicanas? ¿No lo es que la justicia se administre “en nombre del rey” y no del pueblo o de la recta razón? Obligarnos a todos a soportar la presencia universal de la imagen real no es provocación, dicen los apologetas de la censura monárquica. Solo lo es que alguien la queme o la rasgue.

Obviamente, la enésima aplicación de la ley del embudo que pone en sus términos el valor de la oferta de diálogo del gobierno.

Desde luego estas falsas ofertas de diálogo no detendrán el proceso. Y tampoco lo hará calificar de provocaciones las respuestas populares frente a las provocaciones del gobierno. ¿No quieren ustedes, caballeros, que la gente queme el retrato del rey? No nos obliguen a soportar en todas partes la imagen de alguien a quien no ha elegido nadie y cuya legitimidad descansa en el nombramiento de un militar felón y perjuro muerto hace casi medio siglo.

viernes, 18 de noviembre de 2016

El Rey está desnudo

La modernidad llegó por fin a San Pedro de los Aguados, si señor. Como en los mejores tiempos del Invicto, paralizaron todo el centro de Madrid, hicieron una parada militar y se constituyeron solemnemente mientras los ciudadanos se buscaban la vida en el endemoniado lío de tráfico. A lo mejor es cosa de llevarse las Cortes completas a la Casa de Campo, ¿por qué no? O, si se dejan donde están, inaugurar las legislaturas por lo civil, sin pompa y circunstancia, que suelen ser caras, engorrosas y aburridas. Y se prestan a unas arengas ampulosas repletas de vulgaridades y de ambigüedades, si no directas mentiras.

El discurso del Rey fue el discurso de Rajoy. Punto por punto. Y con sus mismas expresiones. El monarca se declara comprometido con los principios del "régimen constitucional" que él encarna: "soberanía nacional, separación de poderes y Estado de derecho". Nada de eso es cierto, sino ficticio: la soberanía nacional hacia fuera es inexistente y hacia dentro, problemática; la separación de poderes en la pasada legislatura no existía y en la presente todavía queda la fuerte relación entre el poder judicial y el TC con el gobierno. En cuanto al Estado de derecho, una quimera.

En todo caso, esa parte del real perorar es el equivalente al exordio en el discurso. Lo bueno viene después, en la exposición o narración, que es un relato de la España contemporánea desde la transición en los términos hagiográficos de costumbre, sin mencionar siquiera la cuestión de la memoria histórica. El relato de la derecha, al final del cual siempre hay alguien diciendo eso de que "algunos solo se acuerdan de sus padres..., etc.". Hay que mirar el futuro, dice el Rey porque España es una gran nación, término habitual en las apagadas soflamas de Rajoy.

En la subsiguiente argumentación, el Rey se precia del Estado del bienestar en España y aspira a que la corrupción pase a la historia. Los cortesanos se hacen cruces del valor real al mencionar dos temas que se suponen incómodos para el el gobierno. Ni de lejos. Rajoy ataca con su ojo derecho el Estado del bienestar que defiende con el izquierdo, el que guiña. Y en cuanto a la corrupción es ya el abanderado de la iniciativa de convertir la corrupción en historia. Comparte esa honra con Rita Barberá, que ayer se paseaba por el Parlamento, feliz de encontrarse en casa. El Rey dice ser neutral, pero su voz es la del presidente del gobierno autofelicitándose.

En la peroración el Rey se ha deshecho en alabanzas a la infinita variedad y diversidad de España y sus Comunidades Autónomas y la firme voluntad de seguir todos juntos mientras cultivamos nuestros respectivos jardines. España en singular, esa que, en hallazgo feliz del perorante, "no puede negarse a sí misma". No, claro, ni España ni mi gato. ¿Y no hay aquí cierta alegría en reconocer demasiada diversidad y variedad que alimentará las pretensiones nacionalistas que SM no ha mencionado?

No haya miedo. El Rey sabe el terreno que pisa. Lo dice claro, aunque con retorcida sintaxis: "España (...) de la que el Rey, como Jefe del Estado, es símbolo de su unidad y permanencia". Y lo dice al principio. Mucho ojo, que este es como los anteriores, vacío pero mal intencionado.

viernes, 25 de diciembre de 2015

La oligarquía tiene miedo

Nooooooo, la cuestión catalana no iba a influir en las elecciones españolas. Iglesias, que se dio una castaña en las catalanas del 27 de septiembre por marrullear con la autodeterminación de Cataluña, ahora se la pone a Pedro Sánchez como conditio sine qua non para negociar, obligado por la señora Colau; él que, como se ve, manda mucho en su partido. 

Nooooo, la cuestión catalana no iba a marcar la política española y ayer el rey Felipe V + I, dedicó casi todo su discurso a hablar de Cataluña sin mencionarla.

¿Se recuerda cuando Zapatero no podía pronunciar la palabra "crisis" ni Rajoy el nombre de "Bárcenas"? Pues el Borbón tiene el mismo lapsus neurótico: habla durante un cuarto de hora de Cataluña sin nombrarla. Quince minutos de un discurso plano,  insufrible, repleto de vulgaridades, anacolutos y simples necedades, solo para reflejar, sin advertirlo, el miedo que tiene la oligarquía española al proceso catalán hacia la independencia, la única ruptura real, republicana, radical que se avizora en un país lleno de revolucionarios de plató y reaccionarios de plasma.

Solo ese miedo a la ruptura catalana, que la oligarquía no sabe cómo parar, explica la densa matraca de (y cito textualmente) la unidad, lo que nos une, lo que hemos hecho juntos, el ser y sentirnos españoles, distintas formas de sentirse español, nuestra nación (España, claro), nuestra cohesión nacional (española, claro), nuestro proyecto común de convivencia, el conjunto de los españoles, la voluntad de entendimiento de todos los españoles, superación de nuestras diferencias históricas, los intereses generales de la Nación (española, claro), todo el pueblo español, unidad y continuidad de España, íntima comunidad de afectos e intereses entre todos los españoles.

Un chorreo, un verdadero lavado de cerebro, una obsesión casi de psicópata, una monserga falsa e insufrible para contraponer una realidad sumisa y reiteradamente alabada (los españoles) a otra insumisa e insistentemente silenciada (los catalanes). Un delirio que no consigue ocultar el terror de esta oligarquía de incompetentes a que, por fin, reviente el invento del que han vivido durante años, siglos.

La facundia de Rajoy estaba en cada párrafo: la grandeza de España (dos veces) y la grandeza del Estado español. Solo le faltó decir al Monarca que esa grandeza se fundamenta en que los españoles son mucho españoles. Y, por supuesto, aparte de la facundia, el autoritarismo de raíz franquista y la amenaza bajo forma de advertencia de que la "ruptura de la Ley" solo nos traerá problemas. Esa Ley que lleva cuatro años administrada por un gobierno y un parlamento dominados por un partido corrupto al que los jueces consideran una asociación de supuestos malhechores y presidido por un presunto corrupto que se ha dedicado a saquear el país.

La corrupción aparece indirectamente mencionada en un renglón y medio, cosa que no está mal para el hermano de una infanta que en unos días se sentará en el banquillo, acusada de delitos contra la Hacienda Pública.

Y si de la corrupción no se habla, de la crisis, menos, salvo para mencionar una situación idílica que es lo contrario del desastre que ha perpetrado este gobierno de incompetentes y corruptos.

Un paseo proforma para hablar de Europa y remate de faena con vuelta a la indisoluble unidad de los hombres y las tierras de España del difunto caudillo Franco, en el fondo el inspirador último de este discurso.

Noooooooooooo la cuestión catalana no iba a influir en nada en la política española. 

¿De dónde sale este pánico atroz que de pronto aterroriza a la oligarquía? Lo ha revelado el subconsciente del amanuense del Rey: si Cataluña se va, ¿puede hablarse de la continuidad de España?

viernes, 13 de noviembre de 2015

Entra el Rey.

El inefable Rajoy quiere hacer en cuatro días lo que no ha hecho en cuatro años. Por la mañana ahueca la voz y hace tremenda aparición en escena mandando sus emisarios del Tribunal Constitucional a avisar a los rebeldes catalanes de que serán réprobos si se obstinan en desobedecer la ley. Él mismo amenaza con no mirar "para otro sitio" en caso de desobediencia, o sea lo que antes se llamaba con más gracia "no hacer la vista gorda". No es como Argos, que tenía cien ojos (aunque tampoco le sirvieron de mucho), así que empleará a fondo los dos de que dispone para que la ley caiga con todo su peso sobre quienes la quebranten. Faltaba más. 

Por la tarde mueve el Rey en el tablero hispánico y lo envía a amonestar a los catalanes sin mentarlos. Lo mete así en un lío político fenomenal, al hacerle leer un papel con su apelmazada doctrina, y adoptar una posición de partido, muy lejos de la función moderadora que se le supone. Y en un estilo amenazador, como el del presidente, muy impropio de las circunstancias: "la Constitución prevalecerá", dice la cabeza coronada, "que nadie lo dude." Y ¿por qué no puede dudarse cosa tan opinable? ¿Está prohibido? Es el estilo típico de la derecha autoritaria. Ni dudar se puede.

Los secesionistas catalanes no solo son secesionistas sino también republicanos, cosa que no suele resaltarse. Pero debe. Pretenden establecer una República catalana independiente. Con esto, la función moderadora se desvanece por entero ya que el monarca es parte interesada en el conflicto. Que se juega la Corona, en verdad. La elegancia le obligaba a no pronunciarse porque lo que está diciendo es que va a ir con la ley y la Constitución en la mano a imponerse sobre los sentimientos de casi dos millones de personas de su reino que no lo quieren de rey.

Contra el independentismo catalán vale todo: el Monarca se pone hosco, según vemos y muy poco en su función, Fitch rebaja la deuda de Cataluña a bono basura, El País sigue con sus editoriales de combate, como ese de Cataluña, humillada con una prosa cada vez más parecida a la del ABC,y el Financial Times reparte leña por igual entre el gobierno central, al que acusa de inepto y el de la Generalitat, al que pide que dé un paso atrás. 

Como siempre en la actividad política de Rajoy, el movimiento ha sido un desatino. Al emplear al Rey como su fiel infantería, ha quemado su último cartucho. Tampoco es muy grave pues, aunque lo hubiera conservado, los republicanos no iban a variar su actitud pero, en todo caso, quemarlo en una salva de fogeo, cara a la galería, es completamente estúpido.